Despertó otra vez
con el ruido evaporado de las luces.
Lo miró dormido
el párpado tembloroso,
el aliento encandilado.
Sentía su pulso
como cruje la madera en humedad.
Se fue alejando,
como desvaneciendo tras la puerta.
Sumergió las pupilas
entre los dígitos distantes.
Sujetó el tronco,
soltó el freno.
Uno, dos, tres, cuatro
Perdió la cuenta,
rodó en la nube.
Uno, dos, tres, cientos.
La noche que juega
a disfrazar al que sube.
A cambiarle el rostro,
a purgar sonrisas,
a deshojar enojos,
a querer con prisa.
Y así pasan las horas,
una a una van cayendo
hasta que toca regresar
a la orilla de su infierno
a la garganta cerrada,
al abismo de sus silencios.
Cerró los ojos.
Aterrizó.