Quiso quedarse
enredado en sus pliegues
aspirando humedales
palpitando sus sienes.
Se quiso enroscar
en sus esquinas
en el borde de su enredadera.
Quiso parar el segundero
que flotaba sobre el césped.
Colgar de aquella rama
diminuta,
con aquella sonrisa perversa,
con aquel ramo de begonias huracanadas
Deseó un reloj de nieve,
donde congelar a fuego los segundos
que pasó reflejado en su iris
Pero la primavera no es más
que un otoño donde muere el frío.
Un voto de fe
donde han de brotar auroras
Y toca apostarle al verano.
Cerrar pupilas,
abrir las branquias,
sembrar amarillos.
Allí y solo allí
hemos de nacer
un bosque para los dos.