Ya no te espero

En aquella calle había un farol
que de tanto tiritar se fue agotando. 

Su melena de fuego 
Se escurría entre las hojas
de aquella ventana oxidada
por donde huyó mi ilusión.

Era una casa grande. 
De paredes blancas,
ecos profundos,
gritos ahogados.
De promesas rotas
y desayunos congelados.

Allí se quedó esperando
la canción posible
que heredaron mis cuerdas, 
enredadas con cada acorde
que no llegamos a escribir.

Luego vino el lago.
Llegó la pesca improvisada,
de genealogías inventadas,
de coser un abrazo
que de tanto anhelo se consumió.

Entonces, el silencio.
Las llamadas inconclusas,
el tono persistente
del timbre sin respuesta.

Te veía en cada espejo,
sonabas en cada melodía,
en cada intento de borrarte
florecía tu sonido, tus gestos, la mirada.

Hasta que llegó el grito,
en ráfaga de tinta; 
aquel nuevo intento
de cosechar lo que no fue. 

Pero no quiero ya borrar tus pasos,
negar tus gestos,
volverme tiempo que gira en torno al sol
de aquella tarde
cuando me quedé esperando
que llegaras a buscarme.

En esta calle
ya no tiritan tus faroles.
En esta casa
no se oye tu canción.
No hay orquesta
que sirva para renacerte.

En esta casa,
en MI casa
de paredes amarillas 
y jardines florecidos
no se llora más por ti.


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